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    Ruta a caballo por Mutriku - Geoparque de Guipúzcoa

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    Sweeset es una yegua parda de considerable envergadura, por eso al montar sobre ella no viene mal acariciarle el cuello y confesar en voz alta lo preciosa es. Tiene doce años y está preñada. Probablemente no le apetezca demasiado montar a nadie en sus lomos y salir de paseo, pero el trabajo es el trabajo, y caballo o no, toca apechugar con la labor. Al principio parece remolona y caprichosa, como todas las yeguas guapas. Deja que la brisa peine su melena y mueve la cola provocando un curioso sonido, similar al de un látigo que corta el viento. Sin embargo, durante el paseo demuestra que es trotona.

    En cuanto puede se lanza a la carrera sin que la azuces pero, obediente, frena al sentir el tirón de las riendas. Para una persona que monte por primera vez, resulta fácil deducir que la yegua, además de bella, es lista. Sabe hacia dónde tirar y solo se distrae cuando puede servirse un tentempié de hierba fresca. Queda claro que para vivir esta experiencia no importa ser novel.

    En su compañía transcurre el recorrido por la parte kárstica del geoparque entre Mutriku y Zumaia, zona de importancia no solo geológica sino también ecológica y cultural. ¿Qué se conoce como karst?: los arrecifes que hace 40 millones de años surgieron del fondo del agua al juntarse las placas de tierra y cerrarse el mar, es decir, las montañas calcáreas que hoy día conforman el paisaje pero en otro tiempo fueron coral.

    Aquel fondo marino está ahora cubierto de prados, bosques y caseríos, además de socavado por cuevas habitadas hace tiempo por gentiles, gigantes vascos de fuerza descomunal. Sweeset no se inmuta ante las historias que narra Sabas Bedia, el guía, y apoya Ander Uranga, quien vela por caballos y jinetes. Las ha escuchado más de una vez, por eso no reacciona cuando hablan de dragones o tigres. Un tigre, que al final resultó ser uno de los últimos linces presentes en la zona por el siglo XVIII, apretaba colmillos sobre ganados y yeguas.

    Esta parte del cuento lo explican en voz baja, para evitar los nervios a Sweeset, que regresa a casa optimista. Sabe que le esperan un cuenco de pienso y otro de agua.

     

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    Artículo e imagen originalmente publicado en elcorreo.com el 11/06/2012

     

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