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    El hombre que le leía a un caballo

    ArtículoHistoria - Jinetesmiércoles 23 abril 2014
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    En un apartado rodeado de torres eléctricas, descampado punto de encuentro habitual para el trapicheo de drogas, un hombre le lee a un caballo. O si no le lee lo hace él solo en silencio. Quizá le dedica los versos de Rafael Alberti en "A galopar".

    Una sencilla cuerda verde mantiene unidos al hombre y al caballo sin tensión alguna. Es una relación de iguales, no hay doma ni sumisión.

    Palma de Mallorca es el decorado de fondo de esta estampa. El hombre del Polígono quizá le está leyendo un cuento digna de jinete del Apocalipsis; o quizá es la historia de Rocinante y cómo Quijote tardó cuatro días en ponerle nombre. "Más de uno confunde razonar con rocinar, haciéndose pasar por razonante cuando no pasa de rocinante", escribía Miguel de Cervantes.

    La primera pregunta tras ver la fotografía de Manu Mielniezuk no es ¿qué hace un caballo en el Polígono de Levante? sino ¿qué hace un hombre leyéndole a un caballo que tiene enlazado por una soga de color verde? ¿Qué lee, qué le lee? Y a partir de ahí caen las preguntas como un castillo de naipes. ¿Quién enlaza a quién? ¿Lee para sí mismo como quien con uno mismo habla?

    Hablan de terapias con caballos para salir de nosotros mismos cuando estamos huecos. Cervantes adelantó la pedagogía. Alonso quijano, el Qujote, encontró reposo en Rocinante y cierta razón en Sancho Panza.

    En 1872, el neurólogo Chassaignac fue el primero que justificó científicamente las bondades terapéuticas de los caballos con personas con trastornos en el comportamiento.

    Los seres humanos contemporáneos y muy especialmente, de ciudad, nos hemos ido alejando de los animales. Incluso han cambiado su nombre y han pasado a ser mascotas. Primero fueron domesticados para uso agrario, después pasó a formar parte del jardín, de la jaula, de la caseta, de una caja de zapatos. En un piso. En un circo.

    Hoy un hombre agarra un libro abierto con una mano, lee; con la otra afirma una cuerda verde que le une como un cordón umbilical a un caballo. El animal mira hacia otro lado. No importa. Les une el susurro de unas palabras leídas.

     

     

     

    Fuente e imagen: diariodemallorca.es y Manu Mielniezuk

     

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