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    Ioritz Mendizábal - Jockey

    ArtículoHistoria - Jinetesmartes 28 junio 2011
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    Esta es una historia que a todos nos hubiese gustado protagonizar. ¿Qué niño no se ha dejado vencer alguna vez por el sueño mientras se ve cabalgando a lomos de un veloz purasangre? ¿Qué pequeño se ha resistido a imaginarse aclamado por una multitud mientras acaricia a su caballo, cómplice en mil aventuras, tras proclamarse vencedor de una carrera? Seguro que los sueños del niño Ioritz Mendizábal (Oyarzun, Guipúzcoa, 1974) estaban poblados de caballos. Pero no solo los sueños. De muy pequeño solía perderse por las praderas y los montes próximos a su hogar en compañía de sus amigos y un viejo caballo -Cris- que cogían prestado de una escuela hípica cercana. También era aún un niño cuando acompañaba a sus padres a visitar a una yegua que la familia tenía en la localidad navarra de Ulzama, uno de los principales criaderos de purasangres de España. Y tampoco era mucho mayor cuando empezó a acudir a las carreras que todos los veranos llenan de color el hipódromo donostiarra de Lasarte.

    Caballos, caballos y caballos. El niño Ioritz no pensaba en otra cosa. No le importaba saltar de la cama a las tres de la mañana para acompañar a un jockey amigo de la familia que iba a tomar parte en una carrera en un pueblo perdido del centro de Francia. Tampoco ponía pegas si tenía que limpiar las cuadras durante horas a cambio de poder montar unos breves minutos algún buen ejemplar. Tamaña fijación empezó a inquietar a sus padres, que imaginaban para Ioritz un porvenir que pasaba por la universidad y una plaza laboral estable. La inquietud mudó en abierta preocupación cuando el chaval les planteó que iba a ser jockey. «Era aún muy pequeño y, cuando nos lo dijo la primera vez, pensamos que sería como los que dicen que quieren ser bomberos y luego se les pasa», recuerda el padre, que hasta su jubilación trabajó en una caja de ahorros.

    Pero si algo tenía Ioritz eran las ideas claras. «Exageradamente claras», se apresura a puntualizar su progenitor. El chaval se presentó un buen día en casa con un folleto repleto de información sobre una escuela de jinetes situada al otro lado de la frontera.

    -«Voy a estudiar allí», comunicó a su familia sin haber cumplido aún los 14 años.

    -«Pero si apenas sabes hablar francés», le replicaron sus padres.

    -«Pues aprenderé», zanjó Iroitz.

    Y vaya si aprendió. Tanto que a día de hoy habla un castellano enriquecido con una musicalidad francesa que confunde a más de un hispanoparlante. «Alguno ya me pregunta si soy francés», se sonríe por el teléfono.

    Pero recuperemos el orden del relato y volvamos al Ioritz aún niño. Tan firme era su determinación de dedicarse a la monta que sus padres se dijeron que aquello no podía ser un sarampión infantil. Así que nada más cumplir los 14 le ayudaron a hacer las maletas y le acompañaron a Mont de Marsan, donde funciona una de las escuelas que la Administración francesa tiene para formar a los especialistas en carreras de caballos. «Fue una etapa dura porque no dominaba el idioma y además era la primera vez que salía del hogar familiar», recuerda.

    De la clase a la cuadra y de la cuadra al hipódromo. La rutina del aprendizaje duró tres años. Ioritz, que siempre había sido muy metódico, adquirió una disciplina de asceta para mantener el peso. Con una talla -1,71 metros- ligeramente superior a la media de los jinetes de carreras, no podía permitirse sobrepasar los 53 kilos. «No he sido de comer mucho y por mi propia constitución siempre he estado flaco, así que tampoco hago esfuerzos excepcionales; con lo único que me tengo que frenar es con el chocolate negro». Al terminar su formación se instala en Pau, la capital del departamento de Pirineos Atlánticos, donde tiene su sede Jean-Claude Rouget, propietario de una de las principales cuadras y 'factotum' de la hípica gala.

    Cuatro fustas de oro

    Puede que en Francia cueste a veces encontrar un lugar para tomar un tentempié, pero nunca faltará un sitio para sellar una apuesta hípica. Incluso en la más remota aldea siempre habrá un despacho con el logo PMU para apostar a 'simple', 'couplé' o 'trio'. No es por ello extraño que Ioritz sea uno de los rostros más populares del país vecino. Tras haber conseguido durante cuatro años la Cravache d'Or (la fusta de oro), el premio que distingue al mejor de los jockeys, el español comparte protagonismo en el firmamento mediático con las principales estrellas galas del fútbol, el rugby o el ciclismo.

    La vida de Ioritz, sin embargo, se asemeja más a la de un 'currela' que a la de una figura de los hipódromos. Tiene carreras prácticamente todos los días y eso le obliga a mantener un ritmo frenético de desplazamientos. Un día, por ejemplo, voló por la mañana a París, regresó al mediodía a su casa de Pau y por la tarde cogió el coche para hacer un viaje de ida y vuelta hasta Toulouse (a 200 kilómetros), donde tenía una carrera. «Hago unas mil carreras anuales y eso significa recorrer unos 120.000 kilómetros en coche sin contar los viajes en tren y avión». Semejante trajín le mantiene permanentemente alejado de su hogar aunque después del nacimiento de su primera hija, Inés, procura buscar un hueco para estar con ella. De momento Inés ha logrado que por primera vez haya cogido un mes de vacaciones.

    Ioritz ni se dio cuenta de que al ganar en 2011 en el hipódromo parisino de Saint Cloud sumaba la rotunda cifra de dos mil victorias. Fue su manager el que le dio la noticia cuando recogía sus útiles antes de ponerse de nuevo en la carretera. «Es un buen número pero ahora no pienso en eso sino en la próxima carrera».

    Caballos, caballos y caballos. El sueño de aquel niño que dejaba volar su imaginación mientras montaba al viejo Cris por las campas de su Oyarzun natal sigue brillando con la misma intensidad que entonces. Y a Ioritz le tenemos que agradecer que nos demuestre que es posible que los sueños nunca se desvanezcan.

      

     

    Fuente: ideal.es

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