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    Fernando Noailles - Vivencias de Caballos en la Cárcel

    ArtículoCómo - Trabajar con caballosdomingo 01 abril 2012
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    Cuando Fernando nació, cuenta que le regalaron un caballo así que no es de extrañar que de pequeño le fascinara observar a los domadores de potros salvajes en los campos de la Patagonia argentina.

    Actualmente, Fernando Noailles tiene 54 años y cree que por fin, tras una vida de observación y trato con los equinos, ha logrado descifrar el lenguaje de los caballos. Es por ello que se encuentra enfrascado en un recorrido por España para explicar que los caballos pueden ayudar a transformar el comportamiento de una persona, tal y como él ha comprobado en el programa que entrenamiento emocional que desarrolla en las cárceles.

    Este susurrador de caballos, afincado en la sierra de Madrid desde hace 12 años, nació en Buenos Aires en 1960, pero pasó su infancia en la localidad de Villa La Angostura, donde su familia gestionaba un centro hípico. Allí creció en plena naturaleza admirando a los domadores de caballos salvajes. "Me fascinaba la forma en que conseguían acercarse a ellos y en un año ya los montaban con normalidad", explica.

    Sin embargo, esa sumisión y disciplina escondía el uso de la violencia por parte del ser humano. El propio Noailles cuenta que muchas de las lesiones que arrastra datan de esa época en la que aplicó las técnicas que le enseñaron los domadores. Hasta que, por fin, un día, un empleado indígena de la finca de su padre le abrió los ojos a la hora de tratar con los caballos. "Descubrí que lo que aquellos potros salvajes sentían era miedo. En cambio, yo les transmito un estado de paz que hace que se fíen de mí y no sientan esa necesidad de huir", cuenta.

    Noailles cruzó la cordillera de los Andes a caballo. Ayudó a muchos jinetes a superar su miedo a montar mientras continuaba con sus clases de doma. Pronto empezó a aplicar sus conocimientos en clases de entrenamiento emocional en las que utilizaba a los caballos. "Una persona puede modificar sus emociones", comenta Fernando. "El caballo no es más que un espejo de nuestras propias emociones, que nos devuelve lo que transmitimos y reacciona en base a lo que le hacemos sentir".

    Expone un símil de sus propias vivencias trabajando con presos de mediana y alta peligrosidad en centros penitenciarios como Alcalá Meco. "Cuando voy a una cárcel antes de decir ni una sola palabra suelto a un caballo en el patio y les digo que se acerquen uno por uno. Es muy interesante ver qué reacción del caballo es diferente con cada uno de ellos. A veces se acerca, a veces se aparta y en medio existe un abanico de sensaciones, todo depende de lo que perciba de la otra persona", describe.

    Durante dos semanas se llevaba al caballo a las sesiones en prisión. "Al repetir la prueba el último día el caballo siempre se pega a la persona porque nota un cambio de actitud y de comportamiento", compara. "El objetivo de la terapia consiste en restablecer valores sociales y la autoestima de los presos y recuperar el compañerismo entre ellos", señala.

    En su opinión, esta filosofía se puede extender a todos los ámbitos de la vida. Así, el programa que sigue llevando a las prisiones se ha adaptado para ponerse en práctica en colegios y empresas. Por que, al fin y al cabo "todos tenemos derecho a ser felices".

     

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    Artículo e imagen (F.N) originalmente publicados en deia.com el 25/03/2012


     

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