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    La Hípica en Valencia a través de la tienda ecuestre Barber

    ArtículoCómo - Trabajar con caballosmartes 27 septiembre 2011
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    La familia Barber era propietaria de una tienda de abanicos en la calle Lope de Rueda. El hijo mayor, Salvador, hizo la carrera periodística alcanzando en ella merecido renombre y era amigo de los empresarios de efectos hípicos, Dacsa; buscando un local para instalarse en Valencia, medió salvador para que lo hicieran en la sala de exposición del negocio familiar, compartiéndola con los abanicos.

    Su hermano Juan, que seguía en la venta, se encontró inmerso en un área desconocida con la que se fue familiarizando hasta el punto de que los abanicos se fueron a dar aire fresco a otras latitudes y, mientras otras tiendas hípicas se abrían y cerraban, y a pesar de la competencia de alguna gran superficie local, él se iba integrando, afianzando, siendo cada vez el mejor e indiscutible, al punto de que se trasladó al nº 138 de la calle de Quart, la única y exclusiva tienda de Valencia en que es posible encontrar cuanto necesitan caballos y jinetes: Monturas vaqueras o inglesas, riendas de todas clases, sudaderas, mantas, estribos, cabezadas cepillos de limpieza, serretas, vendas, protectores, vitaminas, champú, filetes, bocados... El jinete se viste con bridges, cascos, botas, espuelas, fustas, chalecos protectores, camisetas, chaquetas y, especialmente el "habit rouge" que caracteriza las grandes competiciones. Para que nada falte, una selecta librería sobre el caballo y su manejo.

    El caballo ha sido el medio que ha utilizado el hombre para la guerra; se decía que los indios consideraron dioses a los conquistadores al creer que ambos constituían un solo cuerpo y son los únicos animales que han pasado con nombre propio a la historia; Aníbal y Strategos, Alejandro Magno y Bucéfalo, el Cid y Babieca, sin olvidar al hermoso y legendario Picaso, el caballo alado de los dioses del Olimpo. En tiempo de paz los guerreros los utilizaban compitiendo en carreras, con juegos aprendidos en países lejanos, como el polo, importado por los ingleses desde la India, y al reconocer su capacidad de saltar obstáculos iniciaron una practica que se oficializaría en el Gran Prix de París en 1866. Es de destacar que en los Juegos Olímpicos de Amsterdam de 1928, el equipo español se alzó con el oro olímpico. Hasta que terminó la segunda guerra mundial, la práctica totalidad de los jinetes eran militares; en España siguió siéndolo mucho más tiempo, con excepciones tan notables como la de Paco Goyoaga, y la explicación es muy sencilla: la cría caballar estaba encomendada al ejercito que se cuidaba de su manutención, herraje y asistencia veterinaria en los propios cuarteles; los militares, incluso sus familias, podían montarlos libremente y sacarlos a concursar en otras localidades llevando consigo, como mozos, a los soldados que hacían el servicio militar. Los civiles debían correr con todos los gastos de adquisición y mantenimiento, salarios y, lógicamente, era una carga que en la postguerra civil podía soportarse por muy pocos.

    En Valencia hubo una primera instalación junto a la Alameda y los concursos se corrían en el cauce del río hasta que en Ejército construyó las primeras instalaciones hípicas en la calle de Jaca para cuyo mantenimiento se integró con la sociedad Valenciana de Agricultura y Deportes de la que pasó a ser una sección específica. Un gran profesor y mejor hombre, Pepe Jordá, creó una escuela que pervive de la que salieron jinetes olímpicos y equipos campeones de España.

    A propósito de estas instalaciones cabe destacar la escasa deferencia del Ayuntamiento, propietario del terreno, que en su programa de grandes fastos ha traído la Champions League que tiene mas de espectáculo social que deportivo, improvisando pistas en la Ciudad de las Artes y las Ciencias mediante la importación de arenas de elevado precio, un coste de inscripción que impide a los jinetes valencianos acceder a ellas y evitando la continuidad de la exhibición con el Concurso Nacional de Saltos de Obstáculos que se celebra en la misma época.

    El mundo de los caballos ha tenido extremas dificultades en esta ciudad. Recordemos a Don Adolfo Vedri, que habiendo construido en los años sesenta la primera piscina cubierta, promovió en 1971 el Hipódromo del Saler sobre el mejor terreno para recuperación de los tendones de los equinos; un desviado sentido del medio ambiente del gobierno de la Generalidad llevó a su destrucción para recuperar el espacio natural en el que se construyó, ¡Oh cielos!, un lago artificial.

    La causa es una errónea concepción que lo vincula a la riqueza provocando el rechazo popular que, contrariamente, venera a futbolistas, tenistas, corredores de fórmula uno o motociclismo y tantos otros que amasan auténticas fortunas y que solo por ir a verles vacían nuestros bolsillos. Porque caballos hay de todos precios y, además, montar no significa ser propietario ya que basta con acudir a una escuela de equitación.

    Pero no olvidemos nunca que el caballo ha cumplido otros menesteres más constructivos como medio de trabajo; por su fuerza y nobleza ha formado parte de las haciendas campesinas y tuvo un lugar preeminente en la huerta valenciana, que también descubrió su faceta lúdica en actividades deportivas como el tiro y arrastre, las corregudes de joyes, el tiró al piló...; el tiro y arrastre se originó cuando un tratante apellidado Tamarit, que acudía al mercado de caballos, en el río, para mostrar la fuerza de sus animales les hacía arrastrar el doble de su peso sobre el lecho de arena; de ahí pasó al deporte de los cinco minutos de arrastre sobre pista de sesenta metros, ayudados por sus dueños que les animan con la voz, sin utilizarse ninguna otra clase de castigo. Son los hombres que susurran, a voces, a los caballos. Las corregudes de joyes, trescientos metros a todo galope, sin montura, sobre el lomo del animal, con una fusta en cada mano. Estas tres modalidades, Salto, Tiro y Arrastre y Corregudes, se unieron por primera vez en el cauce del Turia en los años sesenta a instancias de los jinetes de la hípica que fraguaron un inolvidable encuentro deportivo del que pueden recordarse los nombres de Berenguer, Mitxafiga, Corbata, Martin Llavador... Y con apoyo o sin él, junto al tiro al piló persisten en sus pueblos, en sus fiestas, manteniendo con este exclusivo fin a los caballos que ya no se necesitan en el campo.

    La hípica en Valencia está estancada, casi se asfixia en la incomprensión; sin embargo, en los pueblos cada vez hay mas instalaciones, mas iniciativas, mas afición. Juan Barber las conoce a todas, a los dueños de caballos, a los jinetes, nada escapa a la perspicacia del suministrador de sus efectos, el único que ha sobrevivido a la paulatina destrucción de otros negocios similares que han desaparecido del comercio.

    Juan es delgado, con ojos vivaces que captan instantáneamente su profundo local y sabe donde encontrar cuanto se le pide; porque cada semana se ve obligado a renovar existencias. Los de doma clásica y vaquera se gastan poco, una silla para toda la vida... los jinetes de salto son los que más compran porque necesitan adecuar la monta a las características de su caballo. Juan Barber no es un simple tendero, sino un hombre preocupado por la sociedad, la economía, la política, cree saber quienes son responsables de la crisis que atravesamos y los señala implacable desde un pensamiento firme que se traduce en palabras que podrían ser duras si esa sonrisa suya no las relegara al rico mundo de los ideales...de las inofensivas teorías.. del que sabe que en el deporte unas veces se gana y otras se pierde; que lo importante es saber ganar y perder y seguir en la brecha.

    La tienda está abarrotada y se hace larga la espera. Le decimos que si es eso responde a la crisis económica... Y él vuelve a reir, pillado, y decir que tal vez sea eso...

     

     

    Artículo e imagen publicado en levante-emv.com el 24/09/2011

     

     

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