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    María Martha Diez - Pintora de Caballos

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    María Martha Diez, natural de Mendoza, Argentina, es una pintora y gran amante de los caballos, que, además, posan para ella. La vocación por el mundo del arte le vino desde muy joven, ya que a los 15 años pintaba murales infantiles en un parque de Buenos Aires.

    Si bien amaba el arte también quiso orientar su camino hacia la decoración y la publicidad, por lo que cursó estudios en la Nueva Escuela de Diseño y Comunicación en Capital Federal, y al volver a su Mendoza natal estudió Artes Plásticas. 

    ¿Qué tipo de cuadros realiza?

    Llevo a cabo cuadros figurativos. Mi estilo es el realismo, o el realismo mágico. Comencé con la figura humana, pero en el último tiempo me he dedicado a pintar sólo caballos, a los que considero una pasión.


    ¿Cómo se origina su amor hacia los caballos, y cómo empezó a plasmarlo en el arte?

    Desde los 5 años, y hasta hoy, los caballos fueron y son mi pasión. A los 5 años el traumatólogo le aconsejó a mi madre llevarme a andar a caballo para corregir mis piernas chuecas. Desde entonces no me he separado de los caballos. He saltado en el Hípico del Norte (Buenos Aires) hasta los 15 años. Desde los 16 trabajé en la Federación de Pato de Hurlingham ayudando a los petiseros, y desde 1986 lo hice como Guía de Montaña de a caballo, en el Valle de Las Leñas, donde viví hasta 1991. Ese año realicé el Cruce de los Andes por el Portillo Argentino -Paso de los Piuquenes- a caballo. Al volver del Cruce de los Andes, cambió mi temática y me aboqué a pintar sólo caballos porque sentí que unía esos dos amores. Mi pasión me lleva cada día mas lejos, y hace poco asistí en Buenos Aires a un curso de Doma India, dado por Oscar y Cristóbal Scarpati (en Lagunas del Polo, Pilar, Buenos Aires) lo cual fue una experiencia increíble que obviamente volcaré en mis próximas obras.

    Y partiendo de esa pasión que lleva en la sangre, cuénteme acerca del proceso creativo a la hora de elegir los diversos caballos que va a pintar, ¿cómo es el paso a paso?

    Siempre hay algún gesto de alguno de los caballos, determinado pelaje, paraje; algo que me dispara la inspiración para un nuevo cuadro. Lo siento, lo sueño y lo pinto. 

    Esa misma pintura que se vincula a los pelajes, otra gran fascinación suya.

    Totalmente. Me fascina el tema del pelaje de los caballos. En el campo, no se le adjudica a cada uno un nombre propio sino que el pelaje se convierte en el apodo de cada caballo. En manadas numerosas, el pelaje va acompañado por alguna característica propia, su personalidad o estado (el bayo malacara, la gateada preñada, el azulejo mancarrón, el lobuno 214 -por la marca-, el gateado encerado) y se aprende mucho. La simpleza y picardía del hombre de campo me encanta, y me invita a bautizar mis cuadros, sobre todo esta serie en la que son, por lo general, caballos criollos. Últimamente he realizado también un retrato de un caballo árabe, y estoy pensando en comenzar en breve una serie de caballos de polo. En este caso los nombres cambiarán, dependiendo de la genealogía del caballo retratado; y tendré que ajustarme a la tipología específica de cada animal. 

    ¿Qué intenta imprimirle a cada obra que realiza? 

    Sólo pretendo conmover al receptor como me conmueven a mí los caballos que pinto. Mi alma habla a través de mi obra, que es sólo expresión y energía. No merece ser analizada, ni pensada; sino sólo sentida. De esta manera puedo concebir el arte. Mi pincel trabaja solo, mi mente descansa, y mi alma habla y espera en paz a que el receptor pueda sentir el mensaje intrínseco. Querer acariciar y subirse a ese caballo que pinté en determinado momento, y salir galopando con el viento en la cara, sintiendo su brío, el poder de sus músculos, y el calor que exuda. Si logro expresar todo eso que siento, en otra persona, para mí he triunfado. No importa que no lo venda nunca, a mí me basta. 

     

     

    Entrevista originalmente publicada en losandes.com.ar el 02 de julio de 2012

    Imagen: losandes.com.ar

     



     

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