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    Un mozo de caballos en silla de ruedas

    ArtículoCómo - Trabajar con caballosviernes 08 julio 2011
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    El mozo de caballos Gavril Gavris, un trabajador rumano irregular, se ocupaba de cuidar de los animales y limpiar las caballerizas en una finca situada en medio de un secarral, en las afueras de Villanueva de la Cañada (Madrid). En septiembre de 2008 se le cayó encima una bala de paja de más de 300 kilos que le dejó parapléjico. Sus capataces, los hermanos V.A, jinetes de profesión, alegaron en su día que este hombre no era más que un intruso que estaba admirando los caballos de pura sangre cuando sufrió el accidente.

    El Juzgado de lo Social Número 1 de Móstoles considera probado en una sentencia que Gavris, de 46 años, estaba empleado en la finca desde 2006 y que cobraba 900 euros mensuales sin prorrata de pagas extras. Lo hacía de martes a domingo, en horario partido de 8.00 a 14.00 y de 16.00 a 20.00. La justicia obliga a los jinetes a admitir a su mozo como un trabajador más de la masía, con contrato indefinido y con todos los derechos laborales que eso conlleva.

    El exencargado de las cuadras vive postrado en una silla de ruedas desde ese macabro día. En este tiempo no ha recibido ninguna ayuda social al no estar reconocido como trabajador. Su mujer Corina, limpiadora, trae el único sueldo a la casa y se ocupa de cuidar a su marido. El matrimonio tenía un hijo de 17 años que vivía en Rumanía con sus abuelos. El año pasado les visitó y comprobó horrorizado el estado en que había quedado su padre. El adolescente volvió a su país y desde allí envió una carta en la que decía que no aguantaba más. Después se ahorcó. Gavris ha intentado hacer lo mismo en dos ocasiones. "Tengo días en los que se me hace muy duro salir de la cama", dice el mozo en el piso en el que vive, en el centro de Villanueva. La casa es de alquiler. Bueno, ya no pagan los 800 euros que cuesta. La casera, al enterarse de lo ocurrido y ver que no podían afrontar el pago, en vez de echarlos a la calle les deja vivir gratis.

    No es la única muestra de bondad hacia la pareja. Una federación que prefiere mantener el anonimato le ha comprado una silla de ruedas eléctrica y le costea la rehabilitación. Una señora de Bilbao le financió el billete de avión a dos testigos rumanos que fueron compañeros de Gavris en las cuadras.

    Porque la verdad es que los jinetes lo siguen negando. Su abogado, José Javier Vasallo Rapela, afirma que han recurrido la sentencia. La versión de los hermanos es que no tienen ninguna explotación y cuidan ellos mismos de los animales con los que compiten. Corina trabajaba los sábados como asistenta de su madre en el caserón que hay en la finca. El abogado dice que su marido fue a recogerla y, mientras esperaba, fue a echarle un vistazo a los caballos. Debió de asustarse con el ruido de los pájaros de cetrería, o algo por el estilo. El caso es que de una forma u otra se le cayó encima la bala de paja. Se queja el letrado de que no se haya tenido en cuenta a ninguno de sus testigos, como el proveedor de pienso que dice que allí no trabajaba nadie.

    El juez, sin embargo, considera esencial el testimonio de Fernando Moreno. Este hombre intermedió en el asunto porque ni Corina ni Gavris hablaban muy bien el español. Se reunió con los jinetes y estos le comentaron que en efecto era su mozo de cuadras pero que querían hacer pasar el caso como un accidente doméstico.

    El día a día del matrimonio es muy duro. Corina tiene los brazos entumecidos de levantar a su marido a peso. Esperan que una vez que se ha reconocido la relación laboral que tenía Gavris con los jinetes puedan optar a una indemnización y una pensión. "Quiero ser tratado por lo menos como a un perro. Vi por televisón que rescataban a uno. A mí, en cambio, me han abandonado", dice Gavris en el portal de su casa. Después se va calle arriba. Corina empuja la silla de ruedas. Está a punto de anochecer.

     

    Reportaje publicado en elpais.com 6 de junio 2011

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